¿De qué color era tu cabello hasta los seis años de edad? Esa es la primera pregunta del
cuestionario que se les hace a los pacientes en el Instituto para el Cáncer John Wayne, en Santa
Mónica, California.

Cuando yo tenía seis años, en 1958, mi padre, mi madre, seis de mis nueve hermanos y yo nos
mudamos de New Jersey a Sao Paulo, Brasil, donde mi padre era director de operaciones de una
fábrica de productos dentales y quirúrgicos. Cuarenta y tres años después aún seguimos acá y
ahora estoy casado con Ivete, una brasileña bonita de ascendencia libanesa. Tenemos tres
hijos: Andrea, de 23 años, Robbie, de 21 y Phillip, de 19. Ahora yo soy el dueño del negocio
de la familia y continuamos vendiendo equipo quirúrgico de alta tecnología.
Siendo una de esas personas bendecidas con buena salud, nunca fui a un chequeo médico
hasta que cumplí 42 años, y aún entonces no fui por ningún motivo en particular sólo para un
chequeo. Al final de un día de exámenes médicos vi a un médico que me iba a dar los
resultados y contestar mis preguntas. Le pregunté acerca de dos protuberancias que tenía en
la axila derecha. Me dijo que debería quitármelas para ver que eran. Trabajando en el campo
médico le pedí a un cirujano amigo mío que me las quitara, lo cual hizo con anestesia local.
Después de la cirugía me senté en la orilla de la mesa de operaciones y bromeé con él a
falta de no tener nada mejor que decir. Cuando tengas los resultados dímelo sin rodeos.
Bien... eso es lo que hizo. Dos semanas después, cuando fui a que me quitaran los puntos, me
dijo: querías que te lo diga sin rodeos, esto es lo que sucede: tienes metástasis maligna de
melanoma. Sentí que mi cuerpo se congelaba lentamente, de la cabeza a los pies sabía lo que
esto significaba habiendo trabajado toda mi vida en el campo de la medicina, y mis primeros
pensamientos fueron: esto no me está sucediendo a mí. Dos días después estaba yo en cirugía
en el Hospital Memorial Sloan-Kettering en Nueva York, en donde fue confirmado el
diagnóstico. De ahí regresé a Sao Paulo para los cuidados post-operatorios, en donde el
doctor me platicó acerca del Instituto para el Cáncer John Wayne. Ahí me aceptaron como
parte de un experimento de la Administración de Alimentos y Medicamentos, y me pusieron una
vacuna en la que se usaron células de melanoma para atacar mi sistema inmune; los
tratamientos eran una vez al mes. Esto significó que mi familia se mudara al Sur de
California para estar cerca del centro donde me daban el tratamiento y para disfrutar de lo
que supuestamente sería el último año de mi vida.
Esos fueron tiempos difíciles, era como estar en una montaña rusa de emociones, arriba un
día y abajo al siguiente. A los tres meses del tratamiento y con grandes expectaciones tuve
una metástasis de un ganglio linfático en el cuello, lo que requirió de más cirugía. La vida
proseguía implacablemente, y poco a poco la montaña rusa se aplanó y se volvió menos
aterradora. A los tres años de empezar el tratamiento ya me iba a graduar y pasar al
siguiente nivel, lo que significaba que los tratamientos iban a ser cada seis meses. La
ceremonia de graduación consistía en hacer estudios de la cabeza a los pies si estos salían
limpios, podía continuar hacia adelante. En Enero de 1997 me hicieron una resonancia
magnética del cerebro, mostrando metástasis en la parte anterior del cerebro y un meningioma
(benigno) a un lado. Había yo leído que mientras fuera un paciente en la tercera etapa de un
melanoma, entonces estaba bien, pero que la cuarta etapa era el final- cuando el cáncer se
extiende hacia los órganos vitales, que usualmente son el cerebro, los pulmones y el hígado.
Esto era el final.
No es así, dijo Kathleen, mi enfermera, en el Instituto para el Cáncer John Wayne, y la
cual es como una santa. Existe algo que se llama ‘Gamma Knife’ con lo que destruyen el tumor
en tu cerebro sin cirugía. Kathleen me mandó a un hospital universitario que quedaba cerca y
donde el tratamiento costaba $30,000!! No podía soportar ese gasto y regresé a Brasil a
considerar mi fe y buscar alternativas. Las alternativas vinieron a través del Internet,
donde supe de una institución que ofrecía un paquete con una tarifa especial para pacientes
que vinieran de otro país y que no tuvieran seguro médico. Este paquete era más realista,
costaba $18,500 y mi familia y mis amistades contribuyeron con dinero y lo pagaron. Cuando
salimos del Centro de Gamma Knife de San Diego, California a las 11 A.M. en una mañana
soleada, mi hermano, que había viajado desde New Jersey para acompañarme comentó: Nos han
robado. Cuando le pregunté por qué, respondió. Mírate a ti mismo, hace dos horas tenías un
tumor maligno en el cerebro, y ahora ya no lo tienes y no se nota ninguna diferencia al
mirarte. Y era cierto, el tratamiento fue tan fácil como tomar un vaso de agua fría. Las
buenas noticias son que este episodio fue el final de mi metástasis, y dos años después me
dieron de alta. No hay trazos de melanoma en ninguna parte de mi sistema. ¿ Qué aprendí?
Aprendí que Dios, al que ya conocía yo personalmente, es bueno, sin importar lo que la vida
te depare.
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